De regreso a tierras castellanas, y mientras sigo aún despistado con el jet lag, retomo la tecla para concluir la narración de mi periplo guatemalteco. Es cierto que, tras las aventuras en Semuc Champey, lo que ha venido después es más prosaico, pero quiero ser fiel a mi propósito inicial de rendir este modesto homenaje a la literatura de viajes, aunque no sea ni Marco Polo ni Malaspina. Hablando de éste último, recomendaría a cualquiera que leyera algo sobre las exploraciones españolas del siglo XVIII, que no tienen nada que envidiar a las del capitán Cook, salvo que los ingleses saben vender mejor sus productos que nosotros, y además se sienten orgullosos de su historia.
En fin, tras estar un día entero lleno de dolores por todo el cuerpo, consecuencia de mis saltos, subidas, arrastres y demás, iniciamos la etapa final del viaje dirigiéndonos a Tikal. Después de abandonar la zona montañosa en la que se asienta Cobán, entramos en el departamento más grande de Guatemala, el Petén, zona llana que permite la existencia de una carretera rectilínea, en el sentido literal del término, que permite cierta velocidad y no está mal en exceso. El único obstáculo es el río La Pasión, que no tendría más importancia de no ser porque para cruzarlo, a su