viernes, 6 de enero de 2023

En el adiós a Benedicto XVI

 Comparto mi artículo del jueves 5 de enero en La Tribuna de Toledo

El doblar de las campanas de la Catedral Primada, seguido, poco a poco, por el de los demás campanarios de la ciudad, anunciaba, en la mañana del 31 de diciembre, el fallecimiento del papa emérito Benedicto XVI. Las redes sociales, los medios de comunicación comenzaron a dar, frenéticos, más detalles de lo sucedido. Con el final del 2022 desaparecía también una figura central en la reciente historia del mundo. Lo hacía cuando la Iglesia Católica celebra a San Silvestre, el papa durante cuyo mandato Constantino dio la paz a la misma, tras las persecuciones de los primeros siglos, comenzando así a nacer lo que sería el modelo socio religioso de la Cristiandad, sobre cuyo ocaso contemporáneo escribiría y reflexionaría el papa Ratzinger.

Benedicto XVI
Me encuentro en estos días, como suelo a comienzos de enero, en Roma. Pero antes de mi ineludible cita con archivos y bibliotecas romanas, he podido vivir la historia en primera persona. En el suave y hermoso atardecer romano me he dirigido hacia la basílica de San Pedro. En el centro de la plaza luce espléndido un abeto que se yergue junto al belén de madera que este año ha instalado la región italiana de Friuli-Venezia Giulia. Sus luces, en alegre baile, atraen, como a mariposas, a decenas de turistas que posan para llenar con sus selfies las redes sociales o que “guasapean” a familiares y amigos contándoles lo bien que se está de vacaciones en Roma. Tras pasar varios controles de seguridad, me uno a la masa de gente que aguarda a ingresar en la basílica. Peregrinos, turistas, curiosos, en peculiar amalgama. Las cifras han desbordado las previsiones. La noche, que en invierno cae muy pronto en la Urbe, nos cubre con su oscuro manto, mientras el frío comienza a hacer su aparición. Poco a poco podemos entrar en San Pedro, que, con toda su iluminación, ha devenido un gigantesco y áureo mausoleo para la pequeña figura del pontífice alemán. Avanzamos por el centro de la basílica hacia el altar de la Confesión, erigido sobre la tumba paleocristiana del apóstol Pedro. El órgano, a lo lejos, sostiene el canto de la hermosa melodía gregoriana, Requiem aeternam dona eis Domine…Por fin, tras un lento caminar, nos podemos detener, breves instantes, ante el cadáver de quien guió la nave de la Iglesia durante ocho años. Zapatos negros, en lugar de los rojos, al no ser papa reinante. Sin palio, sin la férula –el bastón pastoral papal acabado en cruz-, con una casulla roja que evoca la púrpura de los emperadores romanos y que ha devenido símbolo de los mártires, el dar la vida por Cristo, particular cometido en su actitud de servicio a la Iglesia del sucesor de Pedro. Pequeños detalles del ceremonial vaticano, que no deja nada al azar. La visión es majestuosa, enmarcado por el baldaquino de Bernini, mientras al fondo refulge el dorado del altar de la cátedra. Pero, como recordaba la vieja fórmula de la quema de la estopa cuando los pontífices eran coronados con el triregno, la tiara con triple corona –que Benedicto hizo sustituir en el escudo papal por la mitra episcopal-, quien yace es sólo un hombre. Sic transit gloria mundi…Yace el que se presentó como un humilde trabajador de la viña del Señor el día de su elección. Yace una de las figuras intelectualmente más potentes del siglo XX, probablemente el mejor teólogo de los tiempos presentes, uno de los mayores pensadores europeos de nuestra época. Alguien que supo recoger lo mejor del pensamiento cristiano, particularmente el de los Santos Padres, y reivindicando el uso de la razón, trató de dialogar con la cultura moderna, con la ciencia, desde su convicción profunda, basada en Santo Tomás de Aquino, pero que tiene su última raíz en el pensamiento griego, que fe y razón no son incompatibles, sino dos caminos, diversos, pero complementarios, de alcanzar la Verdad. Benedicto será recordado por ser el papa que, con una humildad exquisita, supo apartarse cuando vio que no era capaz de reformar esa Iglesia que veía invadida por lobos rapaces que devastaban la viña. Sólo el tiempo nos permitirá hacer una valoración ponderada de su pontificado, en el que luces y sombras se entremezclan como ocurre con todo lo humano. Pero, entretanto, nos deja un legado de pensamiento verdaderamente impresionante, condensado en más de seiscientos títulos. No sólo las obras de honda teología, destinadas a la alta reflexión, sino también escritos populares, como los tres tomos de la vida de Jesús. Un pensador sabio y humilde. Todo esto pasa por mi mente, por mis pensamientos, por mi corazón.

Salgo de la basílica. Me sumerjo, de nuevo, en la fría noche romana, en su tráfico de locos, en la heterogénea turbamulta que recorre las calles de la Urbe. Aún queda, para despedir a Joseph Ratzinger, a Benedicto XVI, la solemne misa de funeral del jueves 5. Espero estar presente. En medio de la luz de la Navidad, mientras aún resuenan villancicos, una palabra, pronunciada en el silencio previo al Encuentro anhelado, queda como última lección del viejo profesor de Tubinga y teólogo del Concilio Vaticano II: Jesus, ich liebe dich

sábado, 31 de diciembre de 2022

Judas Iscariote

 Comparto mi artículo del pasado miércoles 28 de diciembre en La Tribuna de Toledo

No, no han leído mal. Aunque estamos en Navidad, hoy quiero referirme a un personaje que nos evoca la Semana Santa. O de modo más preciso, voy a hablarles de la visión literaria que de él nos ofrece la pluma (o la tecla) fecunda de Antonio Hernández-Sonseca. Ya les indiqué, al referirme al ensayo que nuestro autor acaba de publicar sobre Luis Tristán, que había que añadirle, en una hornada doble, esta obrita –un opusculum de apenas ochenta y una páginas- que les animo a leer, y cuyo título no deja lugar a dudas, Judas el Iscariote.

Judas es un personaje misterioso. Su presencia en los evangelios nos desconcierta y nos produce una repulsión inmediata e instintiva. El amigo que es capaz de traicionar, por dinero, al Amigo. Un rechazo que podemos observar asimismo en los que fueron sus compañeros y suponemos amigos, dentro de ese grupo selecto de íntimos de Jesús que fueron los doce apóstoles. En Juan se percibe claramente. Y, sin embargo, el personaje, quizá uno de los más conocidos del Nuevo Testamento, nos interroga, nos lanza el desafío de tratar de comprender lo a priori incomprensible.

En este dédalo es en el que Hernández-Sonseca, como Teseo, guiado por el hilo seguro de sus abundantes lecturas, se adentra, invitándonos a acercarnos al protagonista. Lo hace partiendo de una enternecedora anécdota de ese gran escritor que fue Georges Bernanos, que enlaza con su propia juvenil experiencia, marcada por la estremecedora belleza de los responsorios de Semana Santa de Tomás Luis de Victoria. Después, para pintar el retrato del Iscariote, recurre a las fuentes, los evangelios, el libro de los Hechos, e incluso la literatura de Qumrán y a uno de los primeros autores cristianos, el obispo Papías de Hierápolis, recopilando y secuenciando todo lo que nos narran sobre él.

"El beso de Judas" (Giotto)

Pero no se limita a las fuentes “oficiales”. Las teselas del mosaico que trata de recomponer incluyen uno de los evangelios apócrifos, el recurso a la etimología de los nombres con que se le ha denominado, la poesía, la literatura, todo ello sazonado de sus reflexiones personales, que le conducen a revisitar los últimos momentos de los dos protagonistas del drama, desde el anuncio desgarrador de Jesús en el marco de la celebración del Séder, la Cena de Pascua, hasta el reencuentro en el huerto de Getsemaní, en el que un beso se transforma en el signo visible de la traición, tratando de adentrarse en el corazón de ambos, de Jesús y de Judas, hasta el desenlace final, cuando Judas, “encerrado en su noche” –en palabras de Julien Green-, optó, al contrario que Pedro, el otro traidor, por hundirse en el abismo y no buscar, a pesar de todo, la luz.

Un hermoso libro, tachonado de algunas representaciones significativas de Judas, con el guiño del autor a su admirado Pasolini, que, en Navidad, puede deleitarnos y hacernos pensar.

¡Feliz Año Nuevo 2023!

domingo, 18 de diciembre de 2022

Luis Tristán reivindicado

 Comparto mi columna de la semana pasada en La Tribuna de Toledo 

Existen personas de inmensa valía, capacidad o mérito que por estar al lado de grandes genios quedan opacadas, la mayor de las veces de modo injusto. Esto es lo que le ocurrió a uno de nuestros más importantes pintores de la escuela toledana del XVII, Luis Tristán, quien, discípulo del Greco, ha sido oscurecido por la alargada sombra del inigualable cretense, del que fue, sin duda, el mejor discípulo. Nacido en Toledo hacia 1585 y fallecido en la ciudad imperial en 1624, Tristán evolucionó hacia un naturalismo tenebrista que le alejó de su maestro y le situó en la estela de otro pintor extraordinario, Caravaggio, cuya obra pudo conocer durante su estancia en Roma. A su regreso de la Urbe, junto a una serie de retratos de gran realismo, se especializó en temática religiosa, destacando, sobre todo, las pinturas del retablo mayor de la colegiata de San Benito Abad de Yepes, posiblemente su obra maestra, unos lienzos que sobrevivieron al desgarro sufrido en el asalto al templo en 1936, siendo “resucitados” gracias a una extraordinaria labor de restauración realizada por el Museo del Prado.

Es precisamente este capolavoro el que ha inspirado un delicioso libro que, nacido de lo más radical y hondo del corazón del autor, viene, en fecunda simbiosis, a reivindicar al pintor toledano y a su obra, a la par que salda una deuda personal, nacida en los años nunca olvidados y siempre presentes de la niñez. Me refiero al aún caliente, como hogaza tierna de pan recién sacada del horno, Luis Tristán a la vista, publicado en CELYA por Antonio Hernández-Sonseca cuando declina este 2022.

Retablo mayor de la iglesia parroquial de Yepes
Creo que presentar a su autor es superfluo. Somos muchos quienes, en los diferentes ámbitos docentes en los que ha ejercido su magisterio, hemos podido admirar el amplio acervo de saberes, que no se limitan al que es su especialidad, la Filosofía, de don Antonio. Sus clases destilaban el asombroso conjunto de lecturas asimiladas, reflexionadas, saboreadas sapiencialmente, que a lo largo de sus explicaciones iban brotando, enriqueciendo y embelleciendo estas. Belleza que devenía en monición el día del Corpus, cuando sus palabras resonaban por las calles de la ciudad invitando a contemplar el Misterio oculto en los granos de trigo.

Hernández-Sonseca ha querido reivindicar a un pintor genial, pero a la par, ha querido honrar la patria más entrañable, su pueblo de Yepes, y a la maravilla cobijada bajo las bóvedas –hoy heridas- de la colegial. No es sólo un recuerdo de Tristán, es un desentrañar el sentido profundo de los lienzos, de la hermosura que transpiran, de las historias y la Historia que nos narran. Y lo hace con esa delicada prosa poética, o quizá más bien poesía metamorfoseada en prosa, pero jamás prosaica, que brota como de alfaguara cristalina de la bonhomía de su corazón.

Antonio Hernández-Sonseca, como amante de la sabiduría, se sigue admirando. Y como buen maestro, enseña deleitando.

lunes, 28 de noviembre de 2022

Soledades monásticas

Vivimos en una sociedad frenética, llenos de ruidos, urgencias inaplazables, prisas y carreras para todo; sometidos a la acción-reacción constante de las redes sociales, a la tiranía de los correos electrónicos o a la inmediatez del “guasapeo” que nos hace vivir pegados al móvil las veinticuatro horas del día. Es por ello cada vez más necesario saber desconectar, encontrar momentos de tranquilidad, sosiego y silencio, de apagón del teléfono, para mirar nuestro interior y reposar el cuerpo y el espíritu. Un espacio privilegiado para ello son los monasterios. Cuando puedo, trato de escaparme a alguno, buscando, en su calma, hallar la soledad sonora que restaura la paz del corazón. Tras el paréntesis de la pandemia, he podido recuperar esta buena tradición en un enclave excepcional, el monasterio de Santa María del Paular.

Se trata de un espacio verdaderamente maravilloso. Está ubicado en pleno valle del río Lozoya, en la sierra del Guadarrama, rodeado por montañas cubiertas de bosques de coníferas y árboles caducifolios que, en el estallido otoñal, se revisten de oro, mientras los campos, fecundados por las hojas secas, generan ubérrimos diferentes tipos de setas y hongos. El rumor de las aguas, crecidas por las últimas lluvias, ejecuta una gozosa melodía que mece el corazón mientras serena la vista.

Real Monasterio de Santa María del Paular
En este “locus amoenus” se yergue, esplendido, el Real Monasterio, la primera cartuja que hubo en Castilla, mandada erigir en 1390 por el rey Juan I, quien, con su política de renovación religiosa, puso las bases de la Reforma católica en España, culminada posteriormente por Isabel la Católica y el cardenal Cisneros. Protegido por la dinastía Trastámara, el cenobio se fue enriqueciendo con un magnífico patrimonio artístico hasta que la Desamortización de Mendizábal suprimió la comunidad de monjes y vendió y dispersó gran parte de las obras de arte que albergaba. El lamentable estado de abandono al que llegó generó una fuerte campaña en la opinión pública, en la que intervino la Institución Libre de Enseñanza, hasta que el Estado inició su recuperación, completada con la restauración de la vida monástica con la llegada de los benedictinos.

A pesar de las pérdidas, el monasterio alberga aún verdaderas joyas. En la iglesia, traspasada la verja gótica forjada por el monje rejero Francisco de Salamanca –autor también de la de Guadalupe-, encontramos una espléndida sillería, pero sobre todo, podemos extasiarnos con el maravilloso retablo de alabastro policromado, la auténtica obra maestra del monasterio. Tras él se esconde la exuberancia barroca de la capilla del Sagrario, de Hurtado Izquierdo, con su extraordinario trasparente. El claustro, que ha recuperado recientemente la serie pictórica sobre la historia cartujana que creó Vicente Carducho, sorprende por la variedad y fantasía de sus bóvedas de crucería, de desbordante imaginación, o la bóveda de artesa, única en su género, que da acceso al mismo. Todo envuelto en las melodías gregorianas de los monjes.

El Paular, un lugar privilegiado para encontrar la paz.


Mundial en Catar

 Comparto la columna del pasado miércoles en La Tribuna de Toledo

Supongo que para mucha gente, en estos tiempos en los que el “panem et circenses” es el fútbol, no será más que una de las muchas contradicciones que hay que cabalgar en la relativista cultura contemporánea. Pero a poco que tengamos un mínimo de sensibilidad social no deberíamos permanecer indiferentes ante lo que se está perpetrando, paradójicamente en un ámbito que proclama valores, como el deporte. Sí, me refiero al Mundial de Catar –esta es la forma correcta de su nombre en castellano, no Qatar-, que ha logrado batir muchos records, y no precisamente deportivos.

Sin entrar en la exactitud de las cifras -probablemente nunca las sepamos-, el que unas 7000 personas hayan podido morir en unas condiciones de trabajo muy cercanas a la esclavitud deberían haber bastado para que, al menos la sociedad europea, que presume de defender los Derechos Humanos y que en otras cuestiones suele tener la piel muy fina, se hubiera movilizado frente a tal brutalidad. Es cierto que en algunos países, e incluso dentro del mundo del fútbol, se ha cuestionado la participación en el Mundial. Pero las repercusiones prácticas han sido nulas. En cualquier caso, contrasta con el inexplicable ausente debate en España al respecto, como si lo que sucede en aquellos lejanos desiertos no nos atañese. Y puede que esto sea lo cierto, pero en ese caso, extraña que otras causas, tan lejanas o más, e incluso menos sangrantes, causen movilizaciones, al menos en las redes sociales.

Pero es que junto a la explotación laboral que se ha producido para construir las instalaciones que deberían mostrar al mundo la maravillosa imagen de un paraíso arrebatado, a fuerza de petrodólares, al desierto, está la falta de reconocimiento de Derechos Humanos básicos, comenzando por los de las mujeres –se ve que las cataríes más que hermanas son primas lejanas mentirosas- y las minorías étnicas y religiosas, los sindicales o la homofobia legal –siete años de prisión-, ante los cuales se disimula. Ausencia en la práctica, pero también en la teoría, aceptando sin escándalos –hipócritas por otro lado- declaraciones de altas figuras del emirato que, al menos en España, serían constitutivas de delito. Ignoro si los jugadores, al comienzo de cada partido se pondrán de rodillas pidiendo perdón por los muertos, vestirán de negro o se colocarán brazaletes arcoíris, sobreactuaciones que no dejarían de ser más que “pellizcos de monja”, pues lo coherente hubiera sido no participar.

Justificar que la celebración del Mundial en Catar mejorará los Derechos Humanos en aquel país es una falacia. Rusia los albergó en 2018 y “contra facta non valent argumenta”. Podríamos señalar también los Juegos Olímpicos de Pekín, o los de Berlín en 1936. El intento de blanquear dictaduras a través del deporte es tan viejo como su utilización política desde las Olimpíadas griegas. Y lo seguirá siendo.

Porque la clave de todo ya la dio Quevedo, “poderoso caballero es don Dinero”.