domingo, 14 de febrero de 2021

JOSEFINA Y DON MANUEL

 Comparto mi columna, publicada en La Tribuna de Toledo el miércoles 3 de febrero, sobre la reedición del libro de Josefina Carabias "Azaña. Los que le llamábamos don Manuel" publicado por Seix Barral con prólogo de Elvira Lindo

Hay libros que por circunstancias diversas apenas tienen eco en el momento de su publicación, o sus autores, aunque sean de calidad, caen en un injusto olvido. Más, como los libros tienen vida propia, de repente, reaparecen y, como un vino añejo, pueden ser disfrutados y sus creadores revalorizados.

Es lo sucedido con una obra que estoy “devorando” en estos días. Se trata de “Azaña. Los que le llamábamos don Manuel”, una biografía sobre una de las figuras más importantes de la vida pública española durante la Segunda República, escrita por la gran pionera del periodismo español, Josefina Carabias, hoy tan olvidada que, incluso algún amigo periodista desconocía su existencia. El libro fue publicado originalmente en 1980 y ha vuelto a ver la luz en enero de este año de la mano de Seix Barral, introducido por un espléndido prólogo de Elvira Lindo, en el que reivindica la figura de la que fue una de las grandes plumas de la prensa en España, recordando los grandes hitos de su intensa vida.

El libro está escrito con una prosa ágil, clara y nos transmite todo el afecto que la periodista sintió por Manuel Azaña, don Manuel, como una y otra vez le llama, no ocultando su cariño y admiración. No se trata de una biografía política, si bien se refiere a los grandes momentos de la vida del protagonista, sino una aproximación existencial, que nos desentraña los aspectos más humanos del personaje.  Una figura controvertida, que generó grandes odios y no menores adhesiones; que tras su triste final en el exilio fue objeto de las más terribles acusaciones y que sólo la llegada de la democracia permitiría su recuperación, a la que han ayudado las investigaciones del profesor Santos Juliá, autor de una amplia y documentada biografía. Con el paso del tiempo podemos percibir con mayor ponderación sus indudables aciertos, sus tremendos errores y su compleja personalidad, sin la que no se explican muchas cosas.

Pero leer la vida de una figura pública del nivel del Azaña me hace reflexionar sobre el presente político de España. Comparar la altura intelectual de aquellas Cortes de la República con la ramplonería actual de tanto personajillo mediocre y mezquino sólo genera tristeza, a pesar de la gran violencia vivida en muchos momentos y que, a la postre, culminaría con la terrible tragedia de la guerra. Pero eran políticos de altura, coherentes con sus ideales –no me imagino a Largo Caballero, que vivió siempre en una sencilla casita junto a la Dehesa de la Villa, construida por sus propias manos, comprando y estrellando un BMW contra un árbol-; preocupados por el bien común y el amor a su país, aunque lo entendieran de modos opuestos y, por desgracia, como ocurre ahora, excluyentes.

Quien esté interesado en aquellos trepidantes años treinta debería leer este libro. Conocerá de modo diverso a don Manuel. Y descubrirá una autora excepcional.

domingo, 12 de julio de 2020

Planto por las Humanidades

Comparto mi columna del miércoles pasado en La Tribuna de Toledo


Estos días me encuentro participando como profesor vigilante y corrector en las pruebas de acceso a la Universidad, la EvAU, la vieja selectividad. Un momento importante en la vida de cualquier estudiante, que le abre, si lo supera, las puertas para una de las etapas más ricas de la existencia humana, el periodo universitario. En ella se recogen y exponen los conocimientos que se han ido adquiriendo a lo largo de los años previos de estudio, el fruto de todos los esfuerzos formativos anteriores. Un momento de madurez personal e intelectual.
Mientras paseo entre los bancos, me detengo a observar las respuestas, especialmente las más relacionadas con mis áreas de conocimiento. E inmediatamente he de retirar la mirada, pues mis ojos se ven acuchillados por los abundantes maltratos que a la ortografía castellana, al estilo literario y a la belleza expresiva infligen los alumnos. La ausencia de tildes es peccata minuta frente a las lacerantes transgresiones de las normas que el buen Elio Antonio de Nebrija elaboró para elevar la rica lengua de Castilla.
Pero no sólo es la gramática o la ortografía; errores de bulto en historia, ignorancia de los clásicos de la literatura, confusión acerca de los estilos artísticos. El nivel, en general muy bajo, de conocimientos humanísticos del alumnado es escandaloso y debería llevar a preguntarnos qué estamos haciendo, como sociedad, con el espléndido legado que nos transmitieron generaciones anteriores. Porque no es sólo un problema de nuestros educandos, ni culpa de un profesorado maltratado y abandonado por unas autoridades educativas que nos someten al oscilante baile de leyes ineficaces, efímeras y partidistas, sino de toda la sociedad, que parece menospreciar unos conocimientos que no resultan prácticos y eficientes para nuestra mentalidad pragmática.

Clío (Pierre Mignard, 1689)
Diríase que en la era de la tecnología las viejas humanidades no tienen nada que aportar, ni producen ningún beneficio económico, sino que son una reliquia de un pasado ya superado.
Y, sin embargo, esta sociedad tecnificada y deshumanizada, precisa, más que nunca, el soplo vivificador de las humanidades. Estas son el mejor fruto de la cultura occidental, desarrolladas a lo largo de más de dos mil ochocientos años, y que ha llevado a que seamos sociedades democráticas, en las que se reconoce la dignidad de la persona, con sus derechos inalienables: la literatura, que nos ofrece esparcimiento, disfrute, pero también nos enriquece aumentando nuestras capacidades discursivas y expresivas. La música, capaz de elevar el espíritu humano a cotas insospechadas. La filosofía, que nos ayuda a comprendernos como personas y como sociedad, y nos hace seres libres frente a los poderes que tratan de controlarnos. El arte, con sus múltiples ramificaciones, expresión de la extraordinaria capacidad del ser humano para crear belleza.
Sí, necesitamos más que nunca las humanidades. Y las necesitamos porque sin ellas nuestro llanto no será por unos saberes perdidos, sino por una humanidad más pobre, menos libre, más manipulable, menos feliz.

domingo, 7 de junio de 2020

Ni unidos, ni más fuertes

Comparto mi artículo del pasado miércoles en La Tribuna de Toledo


Cuando nos acercamos a la España de la Restauración, una de sus notas características es la constatación, y así lo veían ya los contemporáneos, de la profunda separación entre el país real y el país oficial. Posiblemente no sea una anomalía de aquel periodo, sino una constante en la historia humana, aunque en algunos momentos se vea más acentuada que en otros. Dicha distancia se puede comprobar, de manera fehaciente, entre lo que nos muestra la propaganda gubernamental y lo que los ciudadanos experimentamos, como si fueran dos realidades paralelas. Otra constante histórica desde que Ramsés II convirtió la batalla de Qadesh, un empate técnico con los hititas, en una gran victoria sobre los muros del templo de Abu Simbel.
Esto es lo que lo que estamos observando, una vez más, estos días, en relación con la pandemia. Por un lado, la propaganda que construye un relato triunfalista, narrando lo extraordinariamente bien que los poderes públicos lo han hecho, apelando a la unidad que, como si estuviéramos en una batalla, nos conduce, desde el voluntarismo más optimista, al triunfo. Por otro, la desoladora experiencia que hemos podido comprobar a través de las escasas imágenes que se nos han proporcionado, fruto de una concepción paternalista de lo que es la ciudadanía, reducida a masa infantiloide incapaz de asumir el drama de miles de muertos. Pero los fallecidos, día tras día, a pesar de las diferentes y desconcertantes formas de contabilizar, han ido aumentando en un incesante goteo; el dolor, la tragedia han golpeado a miles de familias; la precariedad económica, la angustia por el futuro laboral se ha apoderado de cientos de personas. El relato épico está teñido, más allá de la buena voluntad de quienes han tenido que afrontar la pandemia y buscar soluciones, de errores y equivocaciones humanas, comprensibles cuando son asumidas con humildad, pero profundamente irritantes cuando se encaran con el soberbio “sostenella y no enmendalla” del romancero.
No, no hemos salido más fuertes. Por el camino han quedado demasiadas historias personales truncadas; demasiados dolores, sufrimientos, angustias. Nuestra economía ha sido golpeada y costará recuperar los niveles previos a la Covid-19; nuestro heroico personal sanitario, que ha demostrado quienes son, junto a cajeras, bomberos, conductores y tantos otros, el verdadero capital humano de un país que les ha minusvalorado mientras ponía pedestales a héroes de pies de barro o a influencers vacuos, ha sufrido bajas, ha quedado agotado física y, en muchas ocasiones, psíquicamente. No, no estamos más fuertes.
Pero tampoco estamos unidos. He lamentado, en esta columna, las divisiones, los enfrentamientos, la creciente intolerancia. En las redes sociales, en los medios de comunicación, en las Cortes, en las declaraciones insensatas de una clase política mediocre y cortoplacista.
Saldremos, cuando salgamos, heridos. Pero como sociedad, a lo largo de nuestra historia, hemos sido capaces de restañar lesiones hondas. Harán falta generosidad y altura de miras. Ojalá las tengamos.

domingo, 24 de mayo de 2020

La cuerda tensada

Comparto mi artículo del pasado miércoles en La Tribuna de Toledo


Les he comentado en alguna ocasión que suelo ser una persona positiva, que trata de sacar lo bueno de cada situación, por dura que sea. Cuando comenzó la pandemia y, sobre todo, cuando pudimos comprobar sus terribles secuelas, pensé que esta crisis colectiva, la más dura quizá que hemos vivido en España desde el final de la guerra civil, traería, como consecuencia, una mayor cohesión social. Creí que la tremenda prueba colectiva nos uniría en una experiencia común, que todos asumiríamos el dolor por los muertos, el sufrimiento de los enfermos, la incertidumbre ante el oscuro panorama económico, como algo propio compartido con los demás, a modo de lazo que nos hermanaría y nos ayudaría a afrontar la dura travesía por el desierto, apoyándonos unos en otros. Me equivoqué. Lo que hemos visto en estos meses ha sido un progresivo enrarecimiento del ambiente, un creciente clima de hostilidad, una intolerancia cada vez mayor, un enfrentamiento brusco, acerbo, incapaz de comprender la postura opuesta o diferente.
No es nada nuevo. Llevamos doscientos años, desde el reinado de Fernando VII, de guerracivilismo, de negación del pan y la sal a quien consideramos nuestro enemigo. La Restauración de Cánovas y la Transición trataron de restañar las heridas de dos siglos marcados por enfrentamientos civiles, de inestabilidad política, de exclusión del adversario. La primera, sufridas diversas crisis y dificultades, fue clausurada por la dictadura de Primo de Rivera, tras la que llegó la Segunda República, cerrando el ciclo la terrible guerra civil. La Transición, tan denostada hoy por algunos, trató de superar esas dos Españas que se habían combatido hasta la aniquilación; con sus sombras innegables, trajo un espíritu de concordia, de mirar hacia delante juntos, de no ver enemigos sino adversarios con los que se podía dialogar. Ese espíritu parece difuminado y lo que se está imponiendo de nuevo es la confrontación que levanta muros y destruye puentes. La Covid-19  ha hecho revivir un virus más peligroso, el de la intolerancia. Hace unas semanas lamentaba su presencia en las redes sociales, pero ha infectado a toda la sociedad. La violencia verbal es cada día mayor, y de ahí a la física existe una tenue línea divisoria.
En esta deriva que nos arrastra y envuelve a todos, existen algunos más responsables que otros. Una clase política mediocre y cortoplacista, incapaz de visión amplia; unos medios de comunicación sometidos a intereses partidistas, que rehúyen su misión de ser conciencia libre y crítica; una clase intelectual que ha devenido en intelligentsia al servicio del grupo político; los agitadores de uno y otro lado que apuestan por el “cuanto peor, mejor”. Pero también los demás tenemos nuestra responsabilidad, al demostrar excesiva inmadurez e infantilismo como ciudadanía, dejándonos arrastrar por la falta de compromiso y exigencia.
Estamos tensando la cuerda demasiado. O reaccionamos y somos capaces de detener esta vorágine o la cuerda, quizá más pronto que tarde, se romperá.

viernes, 8 de mayo de 2020

Hijos de Caín

Comparto mi artículo del pasado miércoles en La Tribuna de Toledo


Suelo ser positivo por naturaleza, siempre trato de ver la botella medio llena, buscando el lado bueno de las cosas. Pero últimamente estoy profundamente preocupado. No sólo por el terrible drama de la pandemia que nos está azotando, con su desgarradora secuela de fallecidos y la oscura amenaza de una honda crisis económica, en la que es probablemente nuestra mayor crisis como sociedad desde la guerra civil. Junto a esto, constato la existencia de otro grave virus que se va extendiendo entre nosotros y que puede significar, para nuestro futuro como colectividad, una amenaza mucho más profunda y destructora. Se trata de la creciente intolerancia hacia el que piensa distinto, sobre todo a nivel político, una violencia verbal que descalifica no sólo las ideas sino que se extiende a la propia persona del que disiente de nuestro modo de entender cómo ha de configurarse la sociedad, un rechazo que considera inadmisible que haya otras cosmovisiones.
Se está propiciando que crezca la voluntad de no convivir, excluyendo al disidente, descalificándole, incluso animalizándole. No es un fenómeno nuevo, se ha dado a lo largo de la historia con demasiada frecuencia y el siglo XX abunda en ello especialmente. Si el otro queda deshumanizado, no sólo sus ideas resultan devaluadas, sino que su propia realidad como persona desaparece, es identificable con un animal dañino, al que se le puede aniquilar si llegara el caso. ¿Exagero? Basta entrar en las redes sociales, mundo paralelo, pero en el que parece desarrollarse la existencia de muchas personas. Twitter es quizá el ejemplo más claro. Una magnífica herramienta de comunicación, susceptible de convertirse en un espacio de diálogo y confrontación de ideas, se ha transformado en una sentina de odio, donde la amenaza física puede palparse. Un abanico de “antis”, desde los antifascistas a los anticomunistas, van sembrando de aversión, de aborrecimiento, de inquina las redes, machacando, destrozando verbalmente al contrario. Desde el odio profundo, desde el rechazo más visceral. Pero no solo en Internet. El debate político, los medios de comunicación, las conversaciones, todo se tiñe de esa intolerancia creciente. De cainismo.

"Duelo a garrotazos" (Francisco de Goya)
Una sociedad plural como la nuestra es lógico que abunde en posturas ideológicas, en profesiones de fe, en planteamientos económicos y sociales diferentes y opuestos. Es normal estar en desacuerdo con otros posicionamientos. Pero lo que no es admisible es la negación del otro por su forma de pensar. Se puede y se debe disentir, pero siempre desde el respeto a la persona, aunque se tenga la certeza de su error.
Conozco demasiado bien, por mis investigaciones, los años treinta en España y Europa. Por eso me aterra y preocupa lo que veo y oigo. “La flor de la guerra civil es infecunda”, dijo hace mil años el poeta cordobés Ibn Házam, cuando se hundía el califato. El odio sólo genera dolor, muerte, destrucción.
Me gustaría que mis prevenciones fueran infundadas. Deseo equivocarme. Temo no hacerlo.