sábado, 15 de enero de 2022

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

La liturgia del domingo II del Tiempo Ordinario, en el ciclo C, nos ofrece el despliegue completo de la triple manifestación de Cristo que celebramos el día de la Epifanía, mostrándonos, a modo de tríptico, tres escenas de dicha manifestación: a todos los pueblos, simbolizados en los magos; como Hijo amado y elegido de Dios, en la teofanía del Bautismo y como el Esposo que muestra su gloria con el signo de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná.

La Escritura había presentado en numerosas ocasiones la relación entre Dios y su pueblo en términos de una Alianza que, con el paso del tiempo, asumió los rasgos de una unión matrimonial, de amor esponsal. En la primera lectura (Is 62,1-5), el Tercer Isaías anuncia al pueblo la restauración, tras el regreso del exilio, con la imagen de unos desposorios; de igual manera que los jóvenes esposos inician una nueva vida, así Israel, objeto del amor preferente de Dios, comenzará de nuevo, resurgiendo de sus ruinas. El gozo de Dios es expresado con la imagen de la fiesta de bodas, en la que celebra su amor por el pueblo-esposa, simbolizado por la ciudad de Jerusalén, donde el Señor manifiesta su justicia y su salvación. 

La máxima manifestación de este amor es Cristo, el Hijo de Dios que ha venido a desposarse con la Humanidad, y cuyo primer signo, de los siete que presenta Juan en la primera parte de su evangelio (Jn 2,1-11), tiene lugar precisamente en el contexto de unas bodas. La necesidad de unos novios, y la intercesión oportuna de María, darán lugar a este signo, en el que más allá de la realidad concreta del agua transformada en vino, se anuncia la novedad del Evangelio, que viene a sustituir al judaísmo, y con el que Jesús se manifiesta a los hombres con su gloria divina. El agua, que recuerda las abluciones rituales judaicas, es sustituida por el vino del banquete mesiánico; se anuncian las Bodas del Cordero, que tendrán lugar tras la plena manifestación de Cristo en su Hora, el momento en el que sea elevado en la Cruz y dé a contemplar plenamente su gloria. Entonces derramará el Espíritu en plenitud, a modo de una fuente de agua viva que regenera el mundo. Ese Espíritu es el que, como nos recuerda San Pablo en la segunda lectura (1 Cor 12,4-11) suscita los diferentes carismas que componen la Iglesia. 

Las Bodas de Caná (Giotto)

Habiendo recibido el Espíritu y conformados a Cristo por los sacramentos de la Iniciación Cristiana, somos invitados, como cantamos en el salmo 95, a anunciar las maravillas del Señor a nuestro alrededor, mientras escuchamos las palabras de María, mediadora entre los hombres y el Hijo de Dios, que nos invita a acoger la Palabra y ponerla en práctica en nuestra vida.

NAVIDAD EN EL MUSEO DE SANTA CRUZ

 Comparto mi columna del pasado miércoles, en La Tribuna, sobre la exposición abierta al público en el Museo de Santa Cruz de Toledo

Coincidiendo con las fiestas navideñas, y prolongándose hasta el 2 de febrero, día de la Presentación del Señor, la popular Candelaria, a los cuarenta días de Navidad, el Museo de Santa Cruz de Toledo ha organizado una espléndida muestra de algunas de las obras de arte que custodia, relacionadas con el ciclo navideño. Una excelente iniciativa que pone en valor los ricos fondos conservados en el mismo. La selección es realmente exquisita y hace las delicias de cualquier amante de la Belleza. Un hermoso recorrido por los principales episodios de la Infancia de Jesús y sus momentos previos, a lo largo de las diferentes salas en las que está distribuida.

Fachada principal del Museo de Santa Cruz
En la primera, dedicada a la Anunciación, contemplamos, entre otras, dos obras maravillosas, la “Anunciación” del flamenco Pieter Coecke, delicada en sus detalles, con una Virgen de precioso rostro, cuyas expresivas manos se abren, acogiéndolo, al mensaje del arcángel, revestido de fastuosa capa pluvial; y la que realizó, ya en su etapa final, El Greco, con una deliciosa representación de María, que levanta la vista del libro en el que meditaba y sobre el que posa una mano, mirando a Gabriel quien, a su vez, cruza los brazos inclinándose ante la Elegida del Señor. Les acompaña una espléndida escultura de Gil de Siloé, la “Virgen de la Expectación”. Las siguientes salas nos muestran el nacimiento de Jesús, la adoración de los pastores y la de los magos, así como otras escenas relacionadas, cerrando la exposición el “Descanso en la huída a Egipto”, un anónimo flamenco del siglo XVI. Varias esculturas representan a María con el Niño, como la “Virgen de la pera”, obra en madera policromada del siglo XVI o la hermosa “Virgen de Belén”, obra del segundo tercio del XVIII, cargada con la sensual belleza del rococó. Sin duda, una de las piezas más excepcionales es la “Sagrada Familia con Santa Ana y San Juanito”, del Greco, con la simpática figura de san Juan niño, invitando al silencio a quienes contemplan el cuadro.

La exposición acompaña las obras pictóricas y escultóricas con unas cartelas que recogen poesías clásicas sobre la Navidad. Junto a poetas muy conocidos, como Federico García Lorca, con su bellísimo Mensaje de Dios te traigo, Rosales, o clásicos de nuestro Siglo de Oro, se ha tenido el gran acierto de introducir composiciones de algunas de nuestras poetisas más desconocidas y olvidadas, como Ana de San Bartolomé o la genial Marcia Belisarda, una autora que merecería un mayor conocimiento y reconocimiento en Toledo -¿quizá dedicarle la Biblioteca del Polígono, en lugar de la controvertida Grandes?-, y que sin duda, algún día tendrá el lugar que le corresponde en el canon literario español. Suyos son los versos siguientes:

“Hola zagalejos, hola,/ romped la prisión del sueño,/ y de espíritus divinos/ veréis escuadrones bellos…”

Una exposición que es un auténtico deleite para los sentidos, que les invito vivamente a disfrutar.

lunes, 3 de enero de 2022

EN LA PUERTA DEL SOL

Comparto mi columna del pasado miércoles 29, mi reflexión sobre la última noche del año, en La Tribuna de Toledo

Un año más, con la cadencia cíclica de los ritos entrañados en la conciencia colectiva, nos disponemos a cerrar las puertas al que termina, abriendo, llenos de anhelos y esperanzas, las del nuevo. Nos convertimos todos en ese Jano bifronte que evoca el pasado y mira al futuro, haciendo el balance de lo bueno y malo, rememorando las luces y las sombras que, en la pesa de cada uno, tendrán un valor distinto. Quizá no ha sido el fin de año que soñábamos. La pandemia, que se resiste a abandonarnos, ha dado un nuevo zarpazo, arrastrándonos con una nueva ola que, más allá de sus efectos reales, se ha transformado para muchos en un tsunami de pavor, en virtud de la nefasta e incompetente actuación de una clase política mediocre e ineficaz, y de unos medios de comunicación entregados a un alarmismo que se desdice con la realidad, vista en su totalidad y complejidad. Algún día habrá que reflexionar sobre el daño que han hecho en nuestra sociedad. Cuando empezamos, por fin, a preocuparnos por la salud mental, deberíamos analizar las consecuencias sobre esta de los anuncios apocalípticos y catastrofistas de los opinólogos todólogos.

Puerta del Sol, 31 de diciembre

Pero, más allá de esta situación concreta, en la noche del 31 nos aferraremos, quizá en medio del dolor por la evocación de los ausentes, o de la alegría por el nacimiento de una nueva vida en la familia, o desde el sano realismo que ahuyenta el paralizador pesimismo y el inconsciente optimismo, a la esperanza de que el año que comienza sea mejor. Repetiremos ese viejo rito –bueno, no tan viejo, data, según parece, de 1895, una fruslería histórica- de comer las doce uvas mientras escuchamos las campanadas de la Puerta del Sol, tratando de no atragantarnos ni equivocarnos, tal vez acompasando su ingesta con algún deseo o incluso con alguna reflexión, como las ácidas e irónicas que realizó Wenceslao Fernández Flores en un divertido escrito que recoge Francisco José Gómez en un delicioso libro, El día de Reyes. Cuentos de Navidad, recopilación de relatos y poesías de nuestros clásicos sobre este tiempo navideño, que les recomiendo. La duodécima campanada culminará en el desbordamiento de abrazos, besos, brindis y llamadas a los seres queridos que no nos han podido acompañar. Las redes sociales explotarán en una vorágine de fotos, memes, vídeos; los móviles arderán saturados por los “guasap” que nos felicitarán desde la originalidad, el tópico o, los más pragmáticos, desde el reenvío. Unos fiarán el cumplimiento de los deseos a algún fetiche más o menos promovido por el consumismo voraz que nos engulle y otros daremos gracias a Dios y nos encomendaremos a Santa María, Madre de Dios, cuya fiesta litúrgica más importante, la del 1 de enero, pasa desapercibida en medio de la resaca de la primera mañana del año, la mejor para pasear en soledad.

Con mis mejores deseos, ¡feliz año nuevo!  


sábado, 25 de diciembre de 2021

PREGÓN DE NAVIDAD

 Comparto, en este día de la Natividad del Señor, el texto del Pregón de Navidad que dí el pasado sábado 18 de diciembre en Casasbuenas (Toledo)

Rorate, caeli, desuper, et nubes pluant justum” “Destilad, cielos, desde lo alto, y que las nubes lluevan al justo”

Estas palabras, tomadas del libro de Isaías, con su bellísima melodía gregoriana, han venido resonando en nuestros oídos, y ojalá en nuestros corazones, a modo de plegaria anhelante, deseo irrefrenable, suspiro del alma, en el camino del Adviento, ruta segura y firme hacia las fiestas de Navidad. A punto de alcanzar nuestra meta, cuando apenas divisamos ya en lontananza la humilde cueva, el pesebre sencillo y pobre, sobre el que se posará una estrella, bordón y guía de ilustres viajeros, hacemos un alto, reposamos entre los vetustos muros de esta iglesia de Santa Leocadia, la joven toledana que no dobló su cabeza ante los ídolos para permanecer fiel a su esposo divino, en este lugar de las Casas Bonas del que ya nos hablan documentos mozárabes del siglo XIII. Y lo hacemos para dejar que lleguen hasta el hondón del ser, los ecos que la belleza lírica de nuestros clásicos, que, a modo de mojones, como en el cercano antiguo camino real a Guadalupe, nos indican el itinerario. Este comenzaba mirando a Aquel cuya llegada se desea por encima de toda cosa

“Jesucristo, Palabra del Padre,/ luz eterna de todo creyente:/ ven y escucha la súplica ardiente,/ ven Señor porque ya se hace tarde./ Cuando el mundo dormía en tinieblas,/ en tu amor tú quisiste ayudarlo/ y trajiste, viniendo a la tierra,/ esa vida que puede salvarlo./ Ya madura la historia en promesas,/ sólo anhela tu pronto regreso;/ si el silencio madura la espera,/ el amor no soporta el silencio./ Con María, la Iglesia te aguarda/ con anhelos de esposa y de madre,/ y reúne a sus hijos en vela,/ para juntos poder esperarte./”

Una Luz eterna, que brota del Amor desbordante del Dios que es Amor, quiere hacer de la tierra su morada. El que es inabarcable se hace pequeño, tangible, frágil. Pero, siendo omnipotente, ha querido contar con la limitación de la estirpe humana para construirse una morada. Más no lo hará imponiéndose, sino llamando humildemente a la puerta de una muchachita, una doncella que, en esos momentos, en su casa de Nazaret, sueña con sus proyectos de amor, la joven desposada con el carpintero de la aldea, José, en el que está oculta la gloriosa estirpe del rey David. Pero, a pesar de la sencillez, la ocasión es importante. Nada menos que el momento central de la historia humana. No va a ser en Roma, altivo centro del mundo conocido, donde Augusto se enseñorea como el emperador que ha establecido la paz. No, esa paz augusta es quebradiza, como todo lo humano. Como los mármoles con los que el imperator cubrirá la Urbe, que acabarán, más tarde o más temprano, rotos y yaciendo por tierra. El centro de la historia, el momento axial de todo el devenir humano va a tener lugar entre unos sencillos muros de adobe, en una perdida aldea del norte de Israel, Nazaret, en tierra casi pagana. Allí va a llegar el mensajero divino, Gabriel. García Lorca nos dirá “El Arcángel san Gabriel,/ entre azucena y sonrisa,/ bisnieto de la Giralda,/ se acercaba de visita./ En su chaleco bordado/ grillos ocultos palpitan.”

Nos le podemos imaginar, desde la belleza desbordante de los pinceles del beato Angélico, revestido de hermosa y rosada dalmática, inclinándose, él, uno de los más importantes dentro de las jerarquías angélicas, ante una criatura humana, una muchachita que, sin saberlo, ha sido preparada por Dios desde su concepción para ese momento. Así se lo revelará el arcángel, cuando la salude como aquella que desde el principio y para siempre es la Llena-Llenada-de-Gracia, esa Gracia que es también la alegría con la que se hace presente ante ella. De nuevo la poesía de Lorca reconstruirá el diálogo: “Dios te salve, Anunciación./ Morena de maravilla./ Tendrás un niño más bello que los tallos de la brisa./ ¡Ay, san Gabriel de mis ojos!/ ¡Gabrielillo de mi vida!,/ para sentarte yo sueño/ un sillón de clavellinas.”

Como María iba a ser el Arca de la Nueva Alianza, Dios la quiso perfecta, sin mancha ni arruga, espléndida en su santidad y hermosura. “Tota pulchra es Maria, et macula originalis non est in te. Tu gloria Jerusalem, tu honorificentia populi nostri, tu advocata peccatorum”, proclamará una antigua oración. Y la Iglesia le cantará:

“Reina y Madre, Virgen pura,/ que sol y cielo pisáis,/ a vos sola no alcanzó/ la triste herencia de Adán/ ¿Cómo en vos, Reina de todos,/ si llena de gracia estáis/ pudo caber igual parte/ de la culpa original?/ De toda mancha estáis libre:/ ¿y quién pudo imaginar/ que vino a faltar la gracia/ en donde la gracia está?/ Si los hijos de sus padres/ toman el fuero en que están,/ ¿cómo pudo ser cautiva/ quien dio a luz la libertad?”

Porque  si “Eva nos vistió de luto, de Dios también nos privó e hizo mortales”, de María “salió tal fruto que puso paz y quitó tantos males”. Por ello dirá San Anselmo: “¡Oh mujer llena de gracia, sobreabundante de gracia, cuya plenitud desborda la creación entera y la hace reverdecer! ¡Oh Virgen bendita, bendita por encima de todo, por tu bendición queda bendita toda criatura, no sólo la creación por el creador, sino también el Creador por la criatura!” Y San Bernardo, haciéndose voz de toda la humanidad, suplica a María: “Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento”. Y aquella que es la “rosa entre rosas, flor de las flores, Virgen de vírgenes, y amor de amores”, como cantará el rey trovador de María, Alfonso X de Castilla, el Sabio, más sabio por su amor a María que por sus conocimientos excelsos, pronunció el “Sí”, el “Fiat”, el “Hágase en mí”. Y el Verbo, la Palabra, el Logos de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo eterno del Dios Padre eterno, se hizo carne, se hizo verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios, tomó cuerpo del cuerpo purísimo de María, recibió como linfa vital el aliento de la sangre de María, se dejó modelar, como humilde barro por el alfarero, acampando entre nosotros en la Tienda del Encuentro que es María. “De luz nueva se viste la tierra,/ porque el Sol que del cielo ha venido/ en el seno feliz de la Virgen/ de su carne se ha revestido”. Comenzó así el primer Adviento, el modelo de todos los Advientos, pleno de alegría, de esperanza, de cuidadosa, delicada y atenta preparación. Un Adviento que se hizo procesión del Corpus en la custodia más maravillosa que ha existido, aquella que ni siquiera el extraordinario arte de Enrique de Arfe pudo imitar. Porque el Amor no conoce el descanso, y aquella que, desde aquel instante, albergó en su seno al Amor de los Amores, no pudo menos que salir en ayuda de su prima Isabel.

Recorriendo los duros caminos que separan Nazaret de Ain Karem, presurosa, marchó sin pensar en sí misma. Porque el Amor se olvida de sí y busca el bien de los otros. Como expresó San Ambrosio: “María, no por falta de fe en profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el ángel, sino con el regocijo de su deseo, como quien cumple un piados deber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montanas”. Y en aquel pequeño pueblo de la montaña de Judá, la doncella de Nazaret va recibir otra revelación sobre su ser: “Dichosa, bendita”. Y María exultará de gozo, proclamará la grandeza de Aquel que ha mirado su humillación, su pequeñez; proclamará que, por ello, todas las generaciones la felicitarán, pues el Poderoso, cuyo nombre es Santo, ha hecho obras grandes, por ella y en ella. San Beda el Venerable puso en labios de María el porqué de su Magnificat: “El Señor –dice- me ha engrandecido con un don tan inmenso y tan inaudito, que no hay posibilidad de explicarlo con palabras, ni apenas el afecto más profundo del corazón es capaz de comprenderlo; por ello ofrezco todas las fuerzas del alma en acción de gracias, y me dedico con todo mi ser, mis sentidos y mi inteligencia a contemplar con agradecimiento la grandeza de aquel que no tiene fin, ya que mi espíritu se complace en el eterna divinidad de Jesús, mi salvador, con cuya temporal concepción ha quedado fecundada mi carne”.

Pero mientras María cumple con el deber gozoso de acompañar a Isabel, siendo testigo del nacimiento del Precursor, de Juan, aquel que iba a ser la voz que en el desierto prepararía el camino al Señor, en Nazaret otro protagonista de nuestra historia se debatía en luchas interiores. José, el joven artesano que, elegido por Dios como el gran colaborador de la obra maestra que estaba a punto de ofrecerse ante la vista de los hombres, sufría ante la incertidumbre, la duda, el dolor hondo de no comprender lo que estaba aconteciendo. Justo, no podía creer que María pudiera ser culpable de nada deshonroso; pero la evidencia estaba ante sus ojos. Sumido en su propia noche oscura, anhelaba la luz que disipara las tinieblas que le aherrojaban. Como su antepasado Jacob, José recibirá en sueños la respuesta a sus interrogantes; una respuesta que le comprometía como colaborador en el plan de Dios, un colaborador humilde, discreto, pero imprescindible.

Y mientras estos acontecimientos se desarrollaban en un perdido rincón del Orbe romano, una decisión de César, allá en la lejana Roma, iba a permitir, sin que Augusto ni siquiera lo sospechase, el cumplimiento de lo anunciado por los profetas. Para conocer el número de sus súbditos, manda realizar un censo. José tomó a María y se encaminó a Belén, la tierra de sus antepasados, el lugar donde vio la luz el hijo de Jesé, David, el rey de Israel. Quizá esperaba, al llegar allí, poder alojarse en casa de algún pariente. Pero la población está llena. Y, de repente, María siente que llega el momento. Es preciso improvisar un lugar para que dé a luz. Sólo es posible en una pequeña cueva en la que se guarecen los animales. Al calor de estos, María encontrará el abrigo para, en el silencio de la noche, mientras la luna cubre con un plateado manto la tierra, bajo la cúpula titilante del firmamento, dar a luz al Rey del Universo. Deliciosamente, en una bellísima letrilla, allá por el 1621, lo cantará Luis de Góngora:

“Caído se le ha un clavel/ hoy a la Aurora del seno:/ ¡Qué glorioso que está el heno,/ porque ha caído sobre él!/ Cuando el silencio tenía/ todas las cosas del suelo,/ y coronada de yelo/ reinaba la noche fría,/ en medio la monarquía/ de tiniebla tan crüel,/ caído se le ha un clavel/ hoy a la Aurora del seno./ De un solo clavel ceñida/ la Virgen, aurora bella,/ al mundo se le dio, y ella/ quedó cual antes florida;/ a la púrpura caída/ solo fue el heno fiel./ Caído se le ha un clavel/ hoy a la Aurora del seno./ El heno, pues, que fue dino,/ a pesar de tantas nieves,/ de ver en sus brazos leves/ este rosicler divino,/ para su lecho fue lino,/ oro para su dosel./ Caído se le ha un clavel/ hoy a la Aurora del seno.

 Brota el renuevo del tronco de Jesé en Belén, nace el Deseado de las naciones, el Príncipe de los Reyes de la Tierra; germina aquel que es la alegría de los hombres, la esperanza de los pueblos. Por ello

“Entonad los aires/ con voz celestial:/ “Dios niño ha nacido/ pobre en un portal.”/ Anúnciale el ángel/ la nueva al pastor,/ que niño ha nacido/ nuestro Salvador./ Adoran pastores/ en sombras al Sol,/ que niño ha nacido,/ de una Virgen, Dios./ Haciéndose hombre, al hombre salvó. Un niño ha nacido, ha nacido Dios.”

Ha nacido Dios, en medio de los hombres. En la pobreza, en la humildad, entre los pecadores, los marginados, los desechados. Un nacimiento que llena de gozo el corazón de los hombres y de los ángeles, de los justos y de los pecadores:

“Hoy grande gozo en el cielo/ todos hacen,/ porque en un barrio del suelo/ nace Dios./ ¡Qué gran gozo y alegría/ tengo yo”/ Mas no nace solamente/ en Belén,/ nace donde hay un caliente/ corazón./ ¡Qué gran gozo y alegría/ tengo yo!/ Nace en mí, nace en cualquiera,/ si hay amor;/ nace donde hay verdadera/ comprensión./ ¡Qué gran gozo y alegría/ tiene Dios!”

La fría noche se ilumina con el resplandor celestial que, en el Campo de los Pastores, anuncia el nacimiento del Emmanuel, entre cánticos que glorifican a Dios y anuncian la paz. Presurosos, aquellos pastores, como los que antaño recorrían con sus rebaños estos Montes de Toledo, van a llevar al Niño lo mejor de su pobreza. Hombres rústicos, duros, avezados a las adversidades, llenan sus ojos de lágrimas al contemplar al Rey de Reyes en humilde trono, anuncio del que será el verdadero, la Cruz, donde ceñirá la corona regia de sus lacerantes espinas. María, contemplando a su hijo, llena de ternura, aún no sabe del terrible anuncio que le hará el anciano Simeón; cuando éste se cumpla, sus lágrimas serán de dolor, como bellísimamente reflejó Luis de Morales en la hermosa Piedad que se custodia, tras un largo viaje, de Extremadura a México y de aquí a Polán, en la iglesia parroquial de San Pedro y San Pablo.

La Adoración de los pastores (El Greco)
Pero no sólo serán los sencillos pastores quienes acudan al encuentro del pequeño Dios-Hombre. De tierras lejanas, simbolizando a toda la humanidad, a todas sus razas y culturas, unos sabios llegarán, tras largo periplo. La tradición les ha dado los nombres de Melchor, en representación de Europa y la ancianidad; Gaspar, de Asia y la edad madura; Baltasar, África y la juventud. Gloria Fuertes los transformará en aquellas tres divertidas reinas magas de su deliciosa obra de teatro. Nadie queda excluido de la Buena Noticia. María, como trono real, tal y como la representará el románico, ofrece a quienes llegan a la casa, hogar íntimo al que todos somos invitados, al niño como auténtico don.

Los magos fueron guiados por una estrella; San Bernardo nos ofrecerá, para encontrar a Jesús, la contemplación de la Estrella matutina, María. La estrella de los magos queda eclipsada al llegar al portal, porque como proclama una bella poesía

“Reyes que venís por ellas,/ no busquéis estrellas ya,/ porque donde el sol está/ no tienen luz las estrellas/

Navidad, tiempo de alegría, porque Dios se ha hecho próximo, cercano, íntimo. Tiempo también para acercarnos, alejados del ruido de zambombas y panderos, de villancicos y cánticos, para hacernos un hueco en el silencio del portal; para, entre los animales que caldean con su vaho la fría noche, asomarnos, tras la marcha de los pastores, y depositar allí nuestro regalo. No le llevaremos, quizá, requesón con miel, ni leche aún humeante; no pondremos un zurrón con hogazas ni una flauta para que con su sonido el niño se duerma. Pondremos la humilde realidad de nuestras vidas, la sencillez y pobreza de nuestras existencias; tal vez, nos atreveremos a dejar, casi de soslayo, la pesada zamarra de nuestros pecados, miserias y dolencias. Este será el regalo más preciado para el niño. Y así, mirándole a los ojos, dejándonos mirar por Él, le cantaremos:

“Te diré mi amor, Rey mío,/ en la quietud de la tarde,/ cuando se cierran los ojos/ y los corazones se abren/ Te diré mi amor, Rey mío/ con una mirada suave/ te lo diré contemplando/ tu cuerpo que en pajas yace/ Te diré mi amor, Rey mío,/ adorándote en la carne,/ te lo diré con mis besos/ quizá con gotas de sangre/ Te diré mi amor, Rey mío/ con los hombres y los ángeles,/ con el aliento del cielo/ que espiran los animales.”

Digámosle, en esta mañana fría de invierno, nuestro amor. ¡Feliz y Santa Navidad!

viernes, 24 de diciembre de 2021

¡FELIZ NAVIDAD!

 Comparto, para desear una feliz Navidad, la columna que publiqué el pasado miércoles 22 en La Tribuna de Toledo

Un año más el curso del tiempo culmina su recorrido anual con la llegada de la Navidad. Un momento entrañable, evocador, pleno de recuerdos y henchido de ilusiones. Quizá el periodo más bello del año, con sus ritos religiosos y profanos, con sus remembranzas inexcusables de la niñez y las melancolías del recuerdo de los que ya no están. Unas fiestas nacidas de la vivencia profunda de la fe, pero que se han transformado en uno de los momentos más secularizados del año, con unas connotaciones consumistas que desdibujan su autenticidad, el recuerdo actualizado del nacimiento de un niño, en medio de la pobreza y la marginalidad, que con su vida y mensaje cambió la historia, aquel que para los creyentes es el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a su pueblo, y para el agnóstico o ateo, una figura que oscila desde el gurú que invita a una ética elevada, al revolucionario que pone en cuestión el orden social.

En cualquier caso, Navidad tiene sentido desde la memoria de la figura polisémica de Jesús de Nazaret. No es, a pesar de la tontería de algunos, una celebración del solsticio de invierno –dudo mucho que haya alguien que lo celebre, aunque de todo hay en la viña de Odín-, ni unas asépticas fiestas, como aparece en algunas felicitaciones que son un “sí pero no”, y que cuando me llegan, vía física – qué bonito recibir aún christmas en formato material- u online, me hacen dudar si se refieren a los Sanfermines o a la Tomatina de Buñol. Navidad es recordar para unos, y hacer anamnesis, es decir, actualización del Misterio, para otros, del nacimiento de Jesús, el hijo de María, el Hijo de Dios para los cristianos, el mayor profeta después de Mahoma para los musulmanes. Ese diluir la esencia de la Navidad a causa de un deseo de no ofender -¿a quién? Porque mis alumnos musulmanes en la Universidad también me han deseado feliz Navidad, como yo les desearía feliz Ramadán o si fueran judíos feliz Pésaj o feliz Hanukkah- no es sino fruto de la ignorancia o de la mala fe. La polémica generada en la Unión Europea hace unas semanas me hace dudar cuál de las dos explicaciones es más plausible, aunque es una buena muestra de la creciente distancia entre las burocracias de Bruselas y la ciudadanía.

Natividad (Giotto)
La vivencia secular de la Navidad, más allá de lo que uno crea o deje de creer, ha generado un patrimonio impresionante en la cultura europea, manifestado en el arte, la literatura, el folclore o las costumbres. Un legado que es preciso cuidar, conservar, transmitir y enriquecer. De él tomo una deliciosa letrilla de Luis de Góngora, escrita en 1621, con cuyo estribillo quiero felicitarles:

 “Caído se le ha un clavel/ hoy a la Aurora del seno:/ ¡Qué glorioso que está el heno,/ porque ha caído sobre él!”

 ¡Feliz Navidad! ¡Felices Pascuas!