miércoles, 31 de mayo de 2017

La Segunda República (1931-1936) de Ángel Luis López Villaverde

LÓPEZ VILLAVERDE, Ángel Luis, Las claves para la primera democracia española del siglo XX, Madrid, Sílex, 2017, 467 pp.

Es casi un lugar común, al referirse a la producción historiográfica sobre los años 30 del siglo XX en España, señalar la ingente cantidad de obras existentes, al mismo tiempo que su continua proliferación. Parecería así que una nueva obra no vendría a aportar nada significativo a tan vasta producción. Y sin embargo, el libro que ahora comento creo que representa una aportación nueva y substancial. No se trata de una obra más, sino de un estudio, realizado por uno de los mayores conocedores del periodo, sobre los años de la Segunda República, excluyendo, frente a lo que suele ser usual, el periodo bélico, de modo que se evita el error de considerar la guerra civil como una consecuencia lógica, necesaria e ineludible de la República. Este es, a mi modo de ver, uno de los grandes aciertos de su autor, acotar el periodo republicano en su exclusividad, permitiéndonos analizar la Segunda República en sí misma.
Al mismo tiempo, y es otro de los grandes valores de este libro, se nos ofrece como una síntesis amplia, destinada a un público culto, pero no especialista, que desee conocer de un modo suficientemente complexivo este periodo dramático y apasionante de nuestra historia, con sus luces y sus sombras, con sus grandes aportaciones y sus inevitables lastres y equivocaciones. El autor no nos muestra ni una crónica rosa ni una tragedia teñida de oscuridad. Es un análisis ponderado, basado en un estudio profundo de la época, que nos aporta sugerencias muy interesantes. No en todo estaremos de acuerdo, aunque sí que coincidiremos en muchos puntos, pero la lectura de la obra nos permite entrar en un diálogo que puede resultar muy enriquecedor. Asimismo, y de cara a los estudiantes universitarios, pienso que el libro cumple perfectamente las funciones de un manual que les permita abordar el estudio de estos años.
El autor organiza el libro en dos partes: la primera que trata de responder a las preguntas básicas, nos ofrece, en cuatro capítulos, en primer lugar, la evolución política de la Segunda República, una síntesis de lo que fueron los cinco años republicanos; la segunda reflexiona sobre la memoria y la historia de la República; la tercera es una interesante y muy pertinente presentación de los protagonistas políticos, destacando, por su novedad, el análisis de las mujeres diputadas y de los clérigos representantes en Cortes; por último, el cuarto capítulo presenta la cultura y las culturas políticas de la España republicana.
La segunda parte, titulada "La República "desde arriba y desde abajo". Poder, esperanza, solivianto y traición", se articula en un primer capítulo, el cinco, "El orden republicano y las relaciones de poder", que nos ofrece los diversos "poderes" presentes y en conflicto; el sexto "Tiempos de política. La esperanza republicana", analiza las diferentes reformas, desde la religiosa a la penitenciaria; el séptimo, presenta el conflicto social y la violencia; por último, el capítulo octavo muestra el final de la República. Como colofón, se nos da una reflexión "A modo de balance", que nos invita a una nueva aproximación, por encima de clichés de un lado y de otro, a este apasionante periodo. 
Una actualizada bibliografía y la cronología final nos ofrecen unas herramientas de trabajo muy útiles para seguir investigando, profundizando y estudiando.
Todo ello espero nos anime a una lectura de un libro que, creo, será un punto de referencia al referirnos al periodo republicano.

lunes, 10 de abril de 2017

Lunes Santo

La liturgia de los días previos al Triduo Pascual trata de situarnos en el marco inmediato de la Pasión del Señor. Antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II se leían en ellos los relatos de la Pasión según los sinópticos, que actualmente se proclaman cíclicamente el Domingo de Ramos, de modo que ahora el Lunes Santo se lee el relato de la unción en Betania, el Martes el anuncio de la traición de Judas y el Miércoles el cumplimiento de la misma.

La primera lectura de hoy corresponde al profeta Isaías (Is 42,1-7) proclamándose el primer canto del Siervo de Yahvé, en el que contemplamos al Siervo como elegido por Dios, lleno de su Espíritu y enviado a proclamar la ley de Dios, pero esto realizado con delicadeza, con suavidad, mostrándose respetuoso con las flaquezas humanas, preocupado por salvar en ellas todo aquello susceptible de poder ser salvado, trayendo la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos.

El salmo 26 es un canto de confianza, de seguridad en Dios, en medio de las dificultades. Tras un intenso acto de confianza, referido al templo, el salmista hace una súplica en la persecución, a la que responde el oráculo de Dios. Una invitación a la esperanza en el Señor, luz y salvación para el que confía en Él.

El evangelio de san Juan (Jn 12,1-11) nos narra la unción en Betania, anuncio de la muerte de Cristo. Jesús se prepara para su sepultura, es consciente de que llega su hora, la vuelta al Padre. El gesto de María es un anuncio de la muerte-glorificación de Jesús.

La Unción en Betania (Rubens)

sábado, 8 de abril de 2017

Domingo de Ramos

Con la celebración del domingo de Ramos entramos de lleno en las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa. Su denominación, domingo de Ramos en la Pasión del Señor, proviene del doble motivo que preside la celebración eucarística, por un lado, la aclamación de Jesús como Rey y Mesías en su entrada triunfal en Jerusalén, y por otro, el anuncio de su Pasión a través de las lecturas de la misa. Con él comenzamos la reconstrucción litúrgica de los últimos días de Jesús, en los que tras recordar su entrada en la ciudad santa y el conjunto de la Pasión, evocaremos el lunes santo la unción en Betania, mientras que el martes y el miércoles recordaremos el anuncio de la traición de Judas y el hecho mismo de la traición. El jueves santo celebramos la eucaristía tratando de revivir el ambiente de la Última Cena y velamos en oración, acompañando a Cristo en Getsemaní. El viernes santo nos centramos en el misterio de la cruz y la muerte gloriosa del Señor. El sábado santo es día de silencio ante el sepulcro, para pasar, en la noche santa, a celebrar la victoria y el triunfo de Cristo sobre la muerte, celebración que prolongaremos a lo largo de todo el domingo de Resurrección.
Son estos los días más importantes para un cristiano, con la Semana Santa y el Triduo Pascual como punto culminante de todo el año litúrgico. Días de silencio, de contemplación y meditación. Días para evocar el amor inmenso de Aquél que nos ha amado hasta el extremo y se ha entregado por nosotros. Días de gracia y de salvación, en los que podemos abrir el corazón de par en par para ser regenerados por la fuerza del Resucitado y vivir la vida nueva de los hijos de Dios.
La liturgia del domingo de Ramos se inicia con la proclamación del evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén, este año tomado de san Mateo (Mt 21,1-11). El evangelista nos recuerda cómo se cumple en Cristo la escritura. La procesión reconstruye esa entrada triunfal, en la que se nos invita a acompañar a Jesús con nuestros cánticos, llenos de júbilo; es una aclamación ante la victoria del Señor, y su carácter central es la de ser en honor de Cristo, algo que, a veces, olvidamos, centrados en un aspecto importante, pero secundario, como el de la bendición de las palmas. Como señalaba Juan Pablo II:
            "Jesús es el único que ha entendido en profundidad a los profetas: su entrada en Jerusalén tiene claramente un significado mesiánico. Ya en este cortejo triunfal él camina obediente a la muerte y muerte de cruz. La asume totalmente. No rebaja nada. Esta es la entrada "interior"  de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa."

Entrada de Cristo en Jerusalén (Giotto)
Tras la llegada a la iglesia, cambia el tono y pasamos a centrarnos en la Pasión del Señor. La primera lectura, del libro de Isaías (Is 50,4-7) nos presenta el Tercer Cántico del Siervo de Yahvé, en el que se prefigura a Cristo en su Pasión y se ilustra el sentido expiatorio de la misma, en apertura a la esperanza. El salmo 21 pone en nuestros labios la voz de Jesús, que recitó este salmo, no como un grito de desesperación, sino como una oración de súplica, transida de esperanza. La segunda lectura, de la carta de san Pablo a los Filipenses (Flp 2,6-11) es un cántico de la primitiva comunidad cristiana, en el que se ensalza la humildad de Cristo y la autenticidad de su encarnación, que le llevó a rebajarse hasta la muerte, "y muerte de cruz", paso previo a su exaltación.

Crucifixión (Duccio)
El evangelio se toma del sinóptico correspondiente a este año, san Mateo, reservándose, por una antiquísima tradición, la Pasión según san Juan para el viernes santo. Mateo (Mt 26,14-27,66) presenta la Pasión como el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento; ello debido a que escribe para cristianos de origen judío, recalcando cómo Dios mantiene en Jesús la promesa que había hecho a su pueblo. Asimismo quiere hacer que se descubra el poder y la autoridad de Jesús. Jesús es Hijo de Dios, sabe lo que va a suceder, lo acepta; al mismo tiempo, es el Señor establecido sobre el mundo entero: el Padre le ha dado su mismo poder y él podría utilizarlo para evitar la muerte, pero ésta señala la llegada de un mundo nuevo, del Reino de Dios en el que nosotros tenemos que vivir ahora. La muerte de Jesús, para Mateo, señala el fin del mundo viejo y la inauguración del mundo nuevo. Jesús muere aparentemente abandonado por todos, incluso de Dios; pero su muerte es resurrección. El terremoto es una imagen del final de los tiempos, cuando los santos resuciten y entren en la Jerusalén del cielo.
La hermosa y profunda celebración del domingo de Ramos ha de servirnos, a los que participamos en ella, para, como pedimos en la oración colecta, seguir el ejemplo de Cristo y que las enseñanzas de su Pasión nos sirvan de testimonio, de manera que también nosotros, algún día, podamos participar en su resurrección gloriosa.


viernes, 7 de abril de 2017

Viernes de Dolores

Aunque la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II suprimió la celebración del Viernes de Dolores, la devoción popular sigue mirando a este día como el de la entrada en la Semana Santa. En efecto, hoy, en muchos pueblos y ciudades de la geografía española, se celebra a la Virgen María como madre de la Soledad y su procesión inaugura los cortejos procesionales de estos días. Es por ello por lo que quiero detenerme en lo que significa esta memoria popular de María.
A lo largo de la Cuaresma la presencia de María apenas ha sido percibida, sin embargo, María, como Jesús, subió a Jerusalén a celebrar la Pascua. Ella recorrió también, tras las huellas de su Hijo, el camino de la cruz. Y ella aparecerá, cuando todos desaparezcan, junto a Cristo crucificado, compartiendo su sufrimiento ofrecido por la salvación del mundo. Es por ello que resulta totalmente pertinente entrar en los días santos de esta Semana Mayor de manos de la Madre, contemplándola a ella, y recorriendo, simbólicamente mediante la procesión con su imagen, nuestro propio camino hacia el Calvario para vivir la Pasión, Muerte, Sepultura y Resurrección del Señor. La clave para vivir este día nos la da la oración colecta de la misa de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores, que se celebra el 15 de septiembre, en la que pedimos que, al igual que el Padre ha querido que María compartiera los dolores del Hijo, al pie de la cruz, la Iglesia, asociada con ella a la Pasión, merezca participar de la Resurrección. Por tanto, es una celebración que no puede quedarse en un mero sentimentalismo o devoción vacua y superficial, sino que debe implicar un querer vivir en profundidad el misterio pascual del Señor; la meta es la Pascua, la proclamación gozosa de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, victoria de la que ya participa plenamente María, y que, como ella, esperamos alcanzar también nosotros.

La Dolorosa (Salzillo)
Las lecturas de dicha celebración hacen referencia a la entrega de Cristo (primera lectura: Hb 5,7-9), el cual, mediante el sufrimiento, aprendió a obedecer, y por su entrega se ha convertido en autor de salvación. La antífona del salmo 30, "sálvame, Señor, por tu misericordia", es un clamor confiado, sabiendo que Dios libra a quien le invoca. La bellísima secuencia, el Stabat mater, es un hermoso poema que nos presenta a María en su aflicción. Y a continuación, la Iglesia, antes del Evangelio, proclama feliz, dichosa, a la Virgen, porque sin morir, ha merecido, junto a la cruz, la palma del martirio, pues como señala san Bernardo la espada, anunciada por Simeón "no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma". El evangelio de San Juan (Jn 19,25-27) nos narra la entrega, por parte de Jesús, de María a Juan, como madre.


El Viernes de Dolores es, de la mano de María, el mejor pórtico para la Semana Santa, el umbral que nos conduce a los días más santos del año, en los que, junto a María, queremos celebrar la muerte y resurrección de Cristo, fuente de vida y salvación para la humanidad.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Isidro Gomá y la construcción de la España nacional

Aprovechando la presentación mañana, jueves 23 de marzo, de mi libro "Por Dios y la patria. El cardenal Gomá y la construcción de la España nacional", en la librería Marcial Pons de Madrid, por el profesor Julio de la Cueva Merino, traigo a colación la importancia que tuvo el cardenal arzobispo de Toledo, Isidro Gomá, durante la guerra civil y los primeros momentos del franquismo. Para ello, me sirvo de las conclusiones que comparto en dicho libro



 "Es innegable el papel esencial que desempeño el cardenal Gomá en los principales acontecimientos de la vida eclesial y política de los años treinta en España. Su actuación durante la guerra y los primeros momentos del franquismo fueron el culmen de una brillante carrera iniciada en Tarragona, donde había destacado como escritor de prestigio, con proyección no sólo nacional, sino incluso internacional. Esta fama, a pesar de los diversos problemas derivados de su antagonismo con el cardenal Vidal y Barraquer, le permitió alcanzar el episcopado, en una pequeña diócesis como Tarazona en la que, sin embargo, supo desplegar sus dotes, convirtiéndose, en palabras del nuncio Tedeschini, en uno de los obispos más activos de España. Su magisterio, desarrollado en las circunstancias difíciles del fin del reinado de Alfonso XIII y los inicios de la República, se caracterizó por una coherencia de pensamiento que se mantuvo firme hasta el final de su vida. Optó por la línea de resistencia ante el anticlericalismo republicano, si bien defendió que catolicismo y república no eran incompatibles, mostrando una mayor flexibilidad doctrinal que el primado Segura. Su traslado a Toledo le supuso alcanzar un protagonismo nacional que el estallido de la guerra no hizo sino acrecentar. Su fulgurante promoción fue una apuesta personal de Pío XI por él, convirtiéndose en el auténtico “hombre del Papa” en España. Su fidelidad a la Sede Apostólica, conjugada con su amor a España, amor que por otro lado consideraba sustancial al hecho de ser católico, le llevó a ser el elemento clave en circunstancias muy difíciles. Enfrentado más o menos abiertamente a Vidal en múltiples aspectos, debido, por un lado a la evidente antipatía que sentían el uno por el otro, así como a su diferente visión de la postura de la Iglesia ante la República, fue logrando desplazar a su rival, hasta alcanzar, como quizá no alcanzó prelado toledano alguno en la época contemporánea, un puesto central en la Iglesia española. Consiguió el reconocimiento de la Santa Sede como cabeza de la Iglesia en España justo a tiempo para que, tras el estallido de la guerra, una Iglesia desorientada buscara en él la dirección necesaria para afrontar los graves problemas derivados del conflicto y de la revolución. Además, el exilio de Vidal y las prevenciones que contra él pronto manifestaron los militares sublevados, hicieron que éste quedara marginado de la vida nacional.
Gomá apostó claramente por Franco, pues veía en él la única vía de salvación de la España tradicional, pero al mismo tiempo supo mantener una independencia, derivada de su concepción de la Iglesia, que en muchos momentos constituyó una firme barrera frente a los aires totalitarios del régimen. Enemigo del nazismo y del fascismo, trató de frenar su influjo y penetración en España, tanto como antes se había opuesto al laicismo de la República, pues los veía como una amenaza mortal para el ser de España, debido a la unión esencial entre ésta y el catolicismo. Deseaba que esta unión secular, en la que centraba la grandeza de la nación, no se debilitara y defendió una presencia militante, activa, de la religión, en todos los ámbitos de la sociedad, cuyos principios rectores quería ver informados por el cristianismo. Pensaba que la decadencia española era consecuencia lógica de la pérdida del sentido religioso, amenazado desde el siglo XVIII por influjos extranjeros, y que, por tanto, si España quería volver a recuperar su papel dentro del concierto de las grandes naciones, era preciso recuperar la vitalidad religiosa de la época de esplendor, que no era ni más ni menos que el siglo XVI, cuando España se había destacado por las grandes hazañas de la conquista y evangelización de América y la defensa de la unidad católica y la cultura cristiana frente al protestantismo y el Islam. Todo ello era fruto de una mentalidad muy arraigada en la Iglesia española desde el fin del Antiguo Régimen, de la que Gomá participaba plenamente. Por formación y por las posteriores lecturas que moldearon su pensamiento, no podía plantearse otra cosa. En él influyeron de una manera muy profunda Menéndez Pelayo y Ramiro de Maeztu. El cardenal, por su parte, reforzó estas concepciones, revistiéndolas de un lenguaje teológico producto de las grandes controversias decimonónicas entre la Iglesia y el mundo liberal, que se habían saldado con el triunfo de las posiciones más conservadoras.
Su concepto de España se basaba en la convicción de la compatibilidad entre la unión esencial de la nación española y la existencia de diversidades regionales, que podían y debían ser conservadas. Para él, profundamente catalán y profundamente español, era posible armonizar esas realidades. De ahí su oposición a las posturas más catalanistas del cardenal Vidal y Barraquer, que consideraba peligrosas para la unidad de la patria común. Esto le llevó a defender la primacía eclesiástica toledana, pues creía que el reconocimiento de los supuestos derechos primaciales de Tarragona haría derivar hacia una Iglesia catalana independiente, que sería la mejor base, dada la inseparable unión que existía para él entre religión y patria, para una Cataluña desgajada del tronco común español.
El cardenal Gomá lideró, frente a las posturas más dialogantes de Vidal, una actitud de resistencia ante la legislación anticlerical de la República. Defendió una y otra vez lo que consideraba no sólo derechos inalienables de la Iglesia, sino además, parte substancial e inseparable de la entraña profunda de la nación. Estaba convencido de que descristianizar España era privarle de su alma, de su verdadero ser. El laicismo, para él, era intrínsecamente antiespañol. Pero también vio en la actitud combativa de la República una oportunidad para despertar el dormido catolicismo español. De ahí sus numerosas iniciativas en el campo de la promoción de la Acción Católica, como una avanzadilla de la Iglesia que la permitiera recuperar, a través de los mismos seglares, los diversos ámbitos de la sociedad. Consciente de la profunda descristianización que sufría el país, promovió las vocaciones sacerdotales y la renovación de la formación del clero, ya que consideraba al sacerdote como el principal agente de esa misión reevangelizadora. Para formar a los fieles cristianos, promovió la catequesis, pues descubría en los católicos españoles una profunda ignorancia respecto a las cuestiones esenciales de la fe. No dudó en conocer de primera mano la realidad religiosa española, recorriendo su vasta diócesis toledana. A la vez mantuvo una intensa agenda, tanto a nivel nacional como internacional, que fue constituyéndole en el punto de referencia de la Iglesia española. De ese modo, al estallar la guerra, estaba preparado para asumir el papel de rector y cabeza de esta Iglesia, marcando el ritmo de actuación. Esto se vio reforzado al ser nombrado representante oficioso de la Santa Sede ante el Gobierno de Franco. Sus esfuerzos se dirigieron entonces a lograr el reconocimiento de éste por parte de la Santa Sede, con la consiguiente normalización de relaciones. Al mismo tiempo desarrolló una importante labor literaria, con numerosos escritos que trataron de iluminar la conciencia católica, tanto española como extranjera, sobre la realidad de la guerra, tarea que culminó con la Carta Colectiva de los obispos españoles de 1937. El conflicto bélico era visto como una lucha entre la religión y el ateísmo, entre la civilización y la barbarie, entre el Bien y el Mal, entre Cristo y el Demonio. Para él la prueba más palpable de esto era la persecución desatada en el bando republicano. A pesar de ello, y frente a lo que va a ser la práctica habitual de los vencedores, apostaba por el perdón y por la acogida de los descarriados, que como el hijo pródigo volverían arrepentidos y debían ser recuperados para la Iglesia.
Debido a esta forma de plantear la lucha civil, como enfrentamiento entre las dos ciudades agustinianas, la de Dios y la del Diablo, el cardenal no podía concebir mayor monstruosidad que la del nacionalismo vasco, el cual, siendo profundamente católico, se había mantenido fiel a la República, lo cual le parecía una terrible contradicción. Intervino de una manera muy activa en esta cuestión, tanto a nivel doctrinal, mediante pastorales, como a nivel polémico, con la Carta abierta a Aguirre, e incluso diplomático, con las gestiones realizadas para la rendición de Bilbao. Su papel en relación al País Vasco no quedó reducido a esto, sino que tuvo que intervenir en otros graves problemas, como los fusilamientos de sacerdotes nacionalistas vascos o la situación del obispo de Vitoria, Mateo Múgica. La ausencia de éste hizo que el primado tuviera, de hecho, que afrontar la difícil situación interna de la diócesis de Vitoria, con un clero sospechoso en gran medida para los militares, que querían solucionar el problema por la vía de la fuerza. Gomá, en su línea de defensa de la libertad de la Iglesia, tuvo que intervenir una y otra vez, hasta que el nombramiento de un administrador apostólico, junto a la venida de Antoniutti, le liberó de esta preocupación.
A lo largo de la guerra, el primado tuvo un papel de protagonista en todos los conflictos que se iban planteando. Su doble condición de primado y representante oficioso de la Santa Sede, en una conjunción única en la historia contemporánea de España, hizo que todas las cuestiones importantes pasaran por él. No sólo los militares le consideraban el único interlocutor válido, sino que el episcopado español volvía los ojos a él ante cualquier dificultad. Por eso le vemos afrontando el problema suscitado por algunos clérigos como Gallegos Rocafull o Lobo, que apostaron por la República, respondiéndoles con una dureza inusitada. O nos encontramos a Gomá reconstruyendo el extinguido cuerpo de capellanes castrenses, entre las intrigas de los viejos capellanes, las intromisiones de los militares y los criterios más pastorales de los obispos españoles. Lo mismo tenía que afrontar cuestiones canónicas o disciplinares cómo hacer de mediador ante el Gobierno para lograr la suspensión de penas de muerte. Asimismo encontramos al primado enfrentándose a Serrano Suñer al tratar de defender la prensa católica, o en frecuente contacto con el conde de Rodezno en la elaboración de una legislación fiel a la doctrina católica. Por tanto, de la mano de Gomá hemos podido seguir los primeros pasos, dubitantes, inseguros, llenos de contradicciones e interrogantes, de las nuevas relaciones entre la Iglesia y el nuevo Estado que se irá configurando como resultado del golpe del 18 de julio.
Para Gomá la guerra no fue fruto de las contradicciones sociales que afectaban a España, sino consecuencia lógica de la descristianización de la nación, uno de cuyos frutos sería el crecimiento de las desigualdades sociales, por el egoísmo de los ricos, cuyo correlato fue la captación de las masas por las doctrinas revolucionarias. Leyó los acontecimientos desde una clave teológica, lo cual puede dificultar nuestra comprensión acerca de algunas de sus afirmaciones. Consideró el conflicto como una etapa de purificación y renovación de la nación, como una oportunidad dada por Dios para la regeneración de España, pues no había sido posible por otros medios. De ahí que centrara su preocupación en que la nueva España fuera fiel a su pasado católico y mirara con verdadera aprehensión las tendencias filonazis de la Falange. El modelo, para él, estaba en la España de los Reyes Católicos y de los grandes reyes de la Casa de Austria, no en el III Reich. Su último año estuvo marcado por esta preocupación y sus postreros esfuerzos se encaminaron a asegurar que lo conseguido a tan alto precio no se perdiera, pues pensaba que si no se aprovechaba la ocasión, el desastre que sobrevendría al país sería terrible.
Un aspecto fundamental para esta regeneración era la recristianización de España. Ésta fue una preocupación presente a lo largo de todo su magisterio episcopal. Siendo obispo de Tarazona expresó una y otra vez su convicción de que el cristianismo en España carecía de fuerza y andaba sobrado de rutina e inercia histórica. Esta constatación la repetirá posteriormente ya como arzobispo de Toledo, durante el desarrollo de la guerra y una vez finalizada ésta. Por ello, uno de sus objetivos claros fue la revitalización de la Iglesia, mediante una profunda renovación de la misma. Pensaba que las masas católicas, a pesar de la retórica del nuevo régimen y de la explosión de actos religiosos que inundaron el país, carecían de auténtica convicción cristiana, con una formación muy deficiente, que alcanzaba también a quienes desde puestos de responsabilidad debían dirigir la nación. Por eso abogaba una reforma personal y colectiva en clave cristiana, que supiera aprovechar las lecciones de la guerra, y trajera una auténtica transformación del país, una de cuyas consecuencias sería el florecimiento de la justicia y la caridad. Este sería un deber de fraternidad cristiana que permitiría la superación de las desigualdades sociales.
No se puede entender la posterior evolución de las relaciones entre la Iglesia española y el franquismo sin el estudio de este periodo, crucial e inicial, en el que vivó el cardenal Isidro Gomá. Todas las aspiraciones y todas las contradicciones de lo que después se denominaría Nacionalcatolicismo están aquí. Los riesgos y peligros de una unión estrecha entre la Iglesia y el Estado se hicieron patentes. El cardenal fue consciente de la amenaza que suponía para la libertad de la Iglesia un poder totalitario e hizo lo que pudo para frenarlo, pero no supo ver, tal vez por su concepción tradicionalista, que este riesgo subsistiría siempre que las dos instituciones estuvieran íntimamente compenetradas. Él apostaba por una estrecha colaboración, amistosa y cordial, en la que el Estado se dejara inspirar por los principios de la Iglesia y apoyara estrechamente su labor, al mismo tiempo que ella se constituía en factor de cohesión social. Una separación armónica entre ambos parecía inconcebible, no sólo a la Iglesia, sino a gran parte de los vencedores de 1939. El catolicismo español, que durante la República había dado muestras de una capacidad de reacción inesperada, perdió, al uncirse de nuevo al Estado, la posibilidad de ponerse al día de las grandes corrientes que renovaban la Iglesia en Europa.
Para Gomá, el Estado seguía siendo el brazo secular que aplicaba en la sociedad las normas derivadas de la doctrina católica. Todos sus esfuerzos se encaminaron a lograr esta armonía, que el consideraba lo más beneficioso para España. Pero esta armonía no significaba, en ningún caso, supeditación al Gobierno. Durante la guerra se opuso a todos los intentos de ingerencia indebidos en asuntos eclesiásticos, y ésta siguió siendo su línea de actuación en la posguerra, aunque también procuró que los diferentes conflictos se superaran amistosamente y sin llegar a una ruptura que siempre consideró perjudicial para los intereses tanto de la Iglesia como del país. Frente a los intentos uniformizadotes, incluido el ámbito lingüístico, de los vencedores, apostó siempre por una España una y plural. Por ello, cuando se trató de restringir el empleo del vasco y catalán en la predicación defendió su uso, porque lo primero, para él, era que el pueblo comprendiera la Palabra de Dios y porque la regulación de la predicación pertenecía al ámbito propio de la disciplina eclesiástica, siguiendo en esto la postura mantenida ya durante la dictadura de Primo de Rivera. No dudó en oponerse al Gobierno cuando este quiso acabar con las organizaciones católicas, de forma especial con la absorción de los Estudiantes Católicos por parte del SEU, así como cuando, al prohibirse la difusión de su pastoral Lecciones de la guerra y deberes de la paz, entendió que se conculcaban derechos sagrados de la Iglesia, como era el de la libertad de los obispos para exponer la doctrina católica. A pesar de ello trató de evitar la ruptura, por medio de la entrevista personal con el Jefe del Estado, tal y cómo había hecho, ante otros conflictos, a lo largo de la guerra, lo cual tampoco era una novedad en él, pues ya ante la violencia anticlerical desatada en la primavera de 1936 no dudó en entrevistarse con Manuel Azaña para llegar a una solución. La entrevista de diciembre de 1939 con Franco logró desatascar momentáneamente algunos problemas, pero las raíces más profundas del conflicto subsistían, de modo que pronto reaparecieron los problemas, llegando a una situación muy difícil, en la que el cardenal, derrotado ya por el curso de la enfermedad, se sentía impotente. Aún así realizó un postrero esfuerzo para evitar la ruptura total. Los primeros frutos llegarían ya fallecido el primado, con la firma de los acuerdos de junio de 1941, que permitieron solucionar un problema urgente y gravísimo para la Iglesia española, como el de la provisión de las numerosas sedes episcopales vacantes. Pero las reticencias y dificultades no desaparecerían, de modo que habría que esperar todavía doce años, hasta el 27 de agosto de 1953, para llegar a la firma de un Concordato entre España y la Santa Sede.
El cardenal Gomá tuvo, además, una proyección internacional muy notable, tanto por su papel de representante oficioso de la Santa Sede, como por la acción, como primado de la Iglesia española, que realizó a favor de Franco, por quien apostó claramente, pues pensaba que era el único que podía restaurar la tradicional España católica. Gomá fue, aprovechando sus dotes literarias, el gran propagandista de la causa nacional, ya sea con sus escritos, como con su palabra, tal y como hizo en el Congreso Eucarístico de Budapest.
Es mucho lo que aún queda por decir del cardenal Isidro Gomá y Tomás. Durante bastante tiempo, y por diferentes motivos, se ha olvidado su figura, limitándose muchas veces a meras alusiones a su papel como redactor de la Carta colectiva. Este trabajo ha pretendido reabrir el camino para un conocimiento más pormenorizado del mismo, ofreciendo pistas para futuras investigaciones. Asimismo la progresiva apertura de los diferentes archivos, tanto civiles como eclesiásticos, destacando entre estos sobre todo el propio y riquísimo del cardenal, conservado en el Archivo Diocesano de Toledo, y el Archivo Secreto Vaticano, nos permiten acceder a una abundante fuente de información que va aclarando poco a poco puntos hasta ahora sumidos en la oscuridad. Los diferentes, aunque aún escasos estudios monográficos, están despejando algunas incógnitas y permitiendo comprender mejor esta convulsa etapa en su dimensión eclesiástica, a su vez imbricada profundamente con los acontecimientos sociales y políticos. Recuperar en su debido lugar la figura del cardenal Gomá, con sus luces y sus innegables sombras, es necesario para comprender mejor la difícil y trágica historia de la España de los años treinta del siglo XX y su evolución posterior."

DIONISIO VIVAS, Miguel Ángel, Por Dios y la patria. El cardenal Gomá y la construcción de la España nacional, Toledo, Instituto Teológico San Ildefonso, 2015, pp. 440, ISBN: 978-84-15669-37-1